lunes, 21 de junio de 2010

Me enamoré de ti cuando...

¿Sabes en qué momento me enamoré de ti? Me enamoré de ti cuando un día gris te cruzaste en mi camino y me gritaste un nombre que ni siquiera era el mio, me confundiste con alguien que esperabas encontrar. Y al darte cuenta de tal decepción, un mar de lágrimas inundaron tus ojos y rompiste a llorar, desesperada, destrozada, rota, como si te hubieran arrebatado la vida, como si te hubieran arrancado el alma.
- ¡Te odio! - me gritaste.
Y yo, sin conocerte, te abracé y apoyé mi cara sobre tu cabello. Y tú aún gritabas abrazada a mi chaqueta mientras yo podía sentir la piel erizada de mi espalda y de cada milímetro de mi cuerpo. Entonces me soltaste y me contaste todos tus problemas, todo tu dolor, todos tus silencios, tus gritos, tus noches y tus mañanas... Hiciste de tu caos un momento mágico y especial entre tú y yo. Una de tus lágrimas cayó sobre mi mano y se deslizó por mi dedo. ¿Adónde fue a parar después? Siempre he pensado que se congeló en el tiempo, que congeló ese instante y lo envasó al vacio. Y de repente, te marchaste sin decir ni una palabra y yo aún guardo el gorro azul que se te cayó en el primer segundo que me salvaste.

miércoles, 16 de junio de 2010

En el coche

Miro tras el cristal el camino que aun nos queda por recorrer. 79 km hasta Barcelona. Con tu mano agarrada en el volante acercas la otra hacia mí, me acaricias y me preguntas “Queda una hora, ¿quizá?”, y yo te dirijo la mirada y absorta en ella te digo que sí con la cabeza. En el coche suena No other love y me sumerjo en mi mundo. Y yo sé que te gusta cuando miro con los ojos haciendo chiribitas las gotas caer sobre el cristal -como un niño pequeño mira sorprendido y contento un avión de papel volar sobre él- y evaporo el cristal con mi aliento. Me imagino miles de situaciones contigo, o sin ti, mientras la música, el paisaje y el momento irradian mi corazón y se eriza mi piel, me siento viva. Entonces te encanta matarme con un beso. ¿Se puede morir de felicidad?


sábado, 22 de mayo de 2010

Esta eres tú

Hoy me atrevo a escribirte de nuevo.
Hoy voy a decirte lo que nunca en la vida he logrado contarte, eso que me haces sentir.
Me encanta cuando te levantas de repente después de haberte caído y, rodeándote para observar el lugar donde caíste, sonríes cabizbaja, y entonces piensas “¿Lo ves? Siempre es posible”. Y aparentemente segura, pero interiormente temerosa, sigues adelante apaciblemente. Y mientras caminas, de vez en cuando vuelves a ese mundo interior tuyo en el que te sumerges para aislarte de los rayos de dolor. En ese mundo eres tú la reina de todo color, de toda felicidad. Miras las nubes que parecen de pegatina en ese azul tan azul. Inspiras hasta las profundidades de tu alma el olor a pan que te embriaga cada mañana en la plaza donde los niños juegan a hacer pompas de jabón y disfrutas viéndote reflejada a ti y al mundo en esa pequeña –pero tan grande para ti- burbuja, con pequitas de colores que llenan tu mirada de luz. Me encanta también cuando tu mirada busca desesperadamente sonrisas. Todo tipo de sonrisas. Y a duras penas encuentra alguna que sea verdadera entre la multitud. Y después la dejas porque ni siquiera te llena. Entonces piensas “voy a comprar sonrisas”, porque necesitas sentir el mundo un poquito más bueno que ayer. Pero ahora ya has aprendido que con tu sonrisa te basta para vivir, y eso también me encanta.

Además, tengo el gusto de confesarte que es tremendamente genial cuando intentas escribir algo bueno, o “simplemente algo malo, ¡joder!”, y resoplas con el corazón cansado porque no logran salirte las palabras, porque ya no consigues encontrar sentimientos que al plasmarlos te hagan sentir bien. Y me gusta porque sé que eres tú la que estás escribiendo todo esto con el corazón sobre la mesa, con esos ojos casi desbordados de sus órbitas buscando desesperada y descubriendo en él sensaciones y sentimientos nuevos dentro de los cajones que compras cada fin de mes con el fin de estar preparada por si logras encontrar nuevas emociones. Estás aquí quitando de él los alfileres que te hacen sangrar cada noche en silencio y plasmándolo todo en este pequeño lugar de tu mundo perfecto, especial, ideal, enigmático. En este lugar tan tuyo, tan... tan tú.

Y esta eres tú. La que perdida y rodeada de tanta gente no ve a nadie y se pregunta dónde está, y de repente echa a correr como una niña pequeña en busca de algo que le haga sonreír. La que los domingos por la tarde arranca histérica sólo para calmar el dolor que le produce la soledad los post-its de colores con mensajes de felicidad que los lunes por la mañana pega en la pared de su habitación entusiasmada por volver a empezar. La que aún recuerda el lugar perfecto para gritar y cierra los ojos imaginando estar ahí. La que cuando no consigue gritar coge la cámara y captura el mundo con el disparador del corazón. La que quiere arañar y arrancar de este mundo la inmundicia que se filtra tan fácilmente en las cabezas de la gente. La que sueña pesadillas, la que escupe promesas que alguien le introdujo en la boca haciéndole callar, la que camina sobre cristales rotos, la que duerme a los pies de la cama, la que cose cremalleras en lugar de poner tiritas en su corazón, la que en lugar de beber el agua, la muerde… pero aún así se ríe de ella; pero aún así sonríe, porque es feliz.

lunes, 10 de mayo de 2010

La parábola del tonto

Antes que te vayas vas a contemplar,
he hecho algunos cambios, te sorprenderán.
Ya no hay confusión
ya que el rencor duerme ahora en un desván.
Dime ...

Lo has visto, no hay nada de lo que tanto odiabas,
lo he cambiado todo de lugar.
Espera, aguarda, nunca valoras nada,
tus mudanzas aún no pueden empezar.

He tirado bolsas llenas de ansiedad
y aquellos defectos que uno guarda por guardar.
Ya no sé quien soy,
tan sólo sé que hay más luz de lo habitual.
Mira ...

No lo hagas, no lo hagas, por qué me das la espalda,
lo he cambiado todo de lugar.
Mil gracias, de nada,
fue mi última bobada de adolescente, tú ahora buscas novedad.


sábado, 3 de abril de 2010

Mentiras

Nunca te fíes de mí. Puedo mentirte y jurarte que jamás te amé, que nunca me hiciste feliz con ninguno de tus besos, con ninguna de tus caricias, con ninguna de tus miradas... Soy capaz de prometerte que esta será la última vez que nos veamos. Tengo el valor de gritarte que te odio, que nunca he llegado al éxtasis todas las veces que estuviste dentro de mí, que ni siquiera sentí placer, que eres tremendamente incapaz de hacerme gritar, soñar, volar... Pero, amor, soy una mentirosa compulsiva. Me miento día a día. Porque toda la fuerza la derramo por la boca. Porque me es tan fácil hablar... Pero soy incapaz de creerme a mí misma cuando digo todas esas palabras. Soy incapaz de estar sin ti ni un solo día. Y por mucho que trate de jurarme a mí misma que jamás volveré a llorar por ti, sé que ese juramento se rompe tan pronto como lo hago. Sé que no he amado, ni amo, ni amaré a nadie como te amo a ti. Y eres la única persona capaz de hacerme feliz. Que me muero sin uno de tus besos, sin una de tus mágicas miradas, sin una de tus maravillosas sonrisas... Y me pasaría todos los días de mi vida sintiéndote dentro de mí, siendo uno en lugar de dos. Desayunaríamos todas las mañanas besos y amor mientras la tostada se cae al suelo por el lado de la mantequilla. Y no nos importa.

Soy una mentirosa compulsiva. Y lo peor es que, sin ti, todas las noches desearía que esas mentiras se convirtiesen en realidad.

sábado, 27 de marzo de 2010

Berlín

Berlín es increíble. Es una ciudad mágica, especial, espectacular. Quizá sea yo, que me encanta viajar y suelo enamorarme de todos los detalles de una ciudad. No sé. Sea lo que sea, me muero por volver a encontrarme entre esas calles grises en el comienzo de la primavera con frío de invierno y paisaje de otoño. Correr entre las hojas de los jardines de Potsdam, caminar por el muro de Berlín, estirarme en el césped del Reichstag y contemplar las nubes, empaparme de lluvia en medio de la ciudad, perderme en el metro sin entender el idioma, reencontrarnos en la plaza de Alexander Platz, mantener conversaciones ebrias con una alemana que se llama como yo, respirar felicidad, sentirme libre...

BERLÍN.

Sé que volveré.


domingo, 7 de marzo de 2010

- Te odio – dijo dejando caer una lágrima que sabía que rebotaría entre las paredes del olvido.

Y Damián unió su boca a la de Abril, fundiendo todas las lágrimas que había sangrado durante tantos años entre el acentuado latido de sus corazones y el calor que desprendía aquel beso.

miércoles, 3 de marzo de 2010

Estás en el aire

Estás en el aire.
Lo sé.
Y me acaricias. Me susurras que me quieres, que no me lamente, que no me sienta culpable, que cuidarás de mí.
Y yo te lloro, te sueño, te recuerdo, te extraño, siento que me muero sin ti tan lentamente.
Soy egoísta porque necesito que vuelvas, pero sé que estás en un lugar mejor, que has dejado de sufrir y no sientes rencor por nada ni por nadie.
Quizá podré seguir viviendo mientras sigas acariciándome.
Te siento aunque ya no estés…
Me acaricias.
Acaríciame.
Te quiero.
Mucho más.

miércoles, 24 de febrero de 2010

Sandra

Hola. Me presento. Me llamo Sandra, pero mis amigos siempre me han llamado Sany. No sé cuál de las dos maneras para que me llamen me gusta más. Quizá la segunda me resulta más especial por las personas a las que se les ocurrió la idea de llamarme así. Bueno, parece que soy indecisa a la hora de elegir. Vaya, siempre lo he sido. Pero a la vez impulsiva. Oh, si supieras los errores que he cometido a causa de mis impulsos. Pero soy humana, ¿no? Me equivoco, lo reconozco y después rectifico. Por cierto, nunca me llames a las siete de la mañana porque estaré sumida en un profundo sueño que me impedirá oír cualquier sonido o ruido que haya en casa. Sí, me gusta despertarme tarde. ¿Qué por qué? Pues mira, me encanta trasnochar. Hacer esas cosas que uno hace cuando es de día, como leer, pensar, escribir, estudiar, ver películas, escuchar música, llorar… Me encanta escuchar una canción con la que me siento totalmente identificada y llorar a altas horas de la noche. La música unas veces me eleva y otras me hunde en la miseria. ¿Sabes? Tengo una guitarra en mi habitación. La adoro. Pero nunca me he atrevido a tocarla. Una vez me dispuse a aprender a hacerla sonar bien pero nunca conseguí aprender. Entonces entendí que quizá eso estaba relacionado conmigo, que tenía algo que ver con mi interior. Tenía un serio problema. Debía primero aprender a ordenar todo dentro de mí, aprender a afinar las cuerdas de mi corazón y hacerlas sonar de manera que cada vez que el buzón de casa se encontrara vacío de cartas que nunca llegarían, o que cada vez que el teléfono sonase y no fuese para mí fuese capaz de aceptar que la soledad es parte de todos y cada uno de nosotros, y que aunque tenga a personas a mi alrededor que me ayudan, la única persona que siempre va a estar ahí y jamás me va a soltar de la mano voy a ser yo misma. Y yo sola voy a tener que tirar de mí, a cuestas, a las malas y a las buenas. Y seguro que me odiaré, porque mi propio peso dejará mi espalda derrotada. Y eso hará mella en las vértebras de mi cuerpo. Y seguro que la espalda se quedará amoratada. Y me gritaré, pelearé conmigo misma,... pero aprenderé a sonreírme, a confiar más en mí, a convivir conmigo, a consolarme mientras lloro y a levantarme cuando caigo.

Bueno, seguro que sabes de qué hablo, ¿verdad? A ti también te habrá pasado. O lo habrás pensado.

martes, 23 de febrero de 2010

Recuerdos de papel


Créeme si te digo que recuerdo todos y cada uno de los momentos que sucedieron antes de hacernos esa foto, durante tantos años. Y todos juntos. Y ahora, al verla, aún puedo sonreír y al recordar puedo lograr sentir lo mismo que sentía cuando sucedía todo aquello. Las horas del patio, las excursiones, las peleas, los "ahora no te ajunto", los días de lluvia y frío haciendo gimnasia, las hora de plástica, las sonrisas, las caídas y las heridas en las rodillas, las horas en el comedor, los pilla-pilla, los juegos al escondite, los "me gustas", los "ahora somos novios", los bailes de primavera, las obras de teatro de navidad, los carnavales, las tardes en el parque, los amigos que al día siguiente dejaban de serlo y al otro volvían a serlo, las mentirijillas, las horas saltando a la comba, o jugando a la "xerranca", o jugando a futbol, las colonias de fin de curso, los viajes... La generación del 90.

Aún al recordarlo puedo vivirlo como si sucediese ahora. Y siento tanta nostalgia por aquellos años... que soy feliz de haberlo vivido.

Es una pena que de todo aquello ahora tan sólo quede una o dos fotografías para la mayoría.
Para mí siempre será mucho más.

martes, 16 de febrero de 2010

El amor concede a los demás el poder de destruirte

“Más aún, jamás había tenido tentación de quererle. Había una cosa que sabía a ciencia cierta, lo sabía en el fondo del estómago y en el tuétano de los huesos, lo sabía de la cabeza a los pies, lo sabía en la hondura de mi pecho vacío... El amor concede a los demás el poder de destruirte”

Stephanie Meyer