- ¡Te odio! - me gritaste.
Y yo, sin conocerte, te abracé y apoyé mi cara sobre tu cabello. Y tú aún gritabas abrazada a mi chaqueta mientras yo podía sentir la piel erizada de mi espalda y de cada milímetro de mi cuerpo. Entonces me soltaste y me contaste todos tus problemas, todo tu dolor, todos tus silencios, tus gritos, tus noches y tus mañanas... Hiciste de tu caos un momento mágico y especial entre tú y yo. Una de tus lágrimas cayó sobre mi mano y se deslizó por mi dedo. ¿Adónde fue a parar después? Siempre he pensado que se congeló en el tiempo, que congeló ese instante y lo envasó al vacio. Y de repente, te marchaste sin decir ni una palabra y yo aún guardo el gorro azul que se te cayó en el primer segundo que me salvaste.






